viernes, 16 de noviembre de 2012

ENTREVISTA


¡Qué lejos te vas quedando!

Foto de José Luis Pérez Ríos. 


José Gerardo Pérez y Valdez, “Don José”  nació en la ciudad de Puebla un 24 de septiembre de 1946,  fue el hijo de en medio o sándwich con un hermano mayor y uno menor a él.
Su infancia por lo que él relata fue una niñez  desfavorable, desde muy pequeño tuvo que independizarse, debido a los problemas que había en su casa cuando sus padres se separaron y él se quedó a cargo de su mamá y su padrastro,  el cual golpeaba a su mamá casi a diario y en un arranque de furia “Don José” de sólo 4 años estrelló un vaso sobre la cara de su padrastro y esa fue su sentencia para no regresar a su casa jamás.
 “No se si a partir de ese momento comenzó una mejor vida para mi o un calvario” cuenta Dos José ya que tuvo que comenzar a trabajar en lo que pudo con tal de subsistir, incluso cuenta que sacaba las sobras de comida de la basura y de ahí se alimentaba para sobrevivir.
Después de varios trabajos como “mozo”, “mandadero” y más. Llegó a trabajar a una panadería fue ahí donde se dio cuenta de la habilidad que tenia haciendo pan y lo mucho que le gustaba trabajar entre hornos y harina. 
Dentro de la panadería había una chica que trabaja como dependienta, ella fue quien lo motivó para meterse a la escuela a aprender a leer y escribir, todos los días ella le enviaba notitas pero él no podía contestarle, porque no sabia leer, un panadero le ayudaba contestando las notas, pero el día que enfermó y ya no pudo regresar más a trabajar tuvo que entrar a la escuela para responder las notas de amor.
De cualquier manera esta mujercita no pasó “sin pena ni gloria” por su vida, ya que años después él encontró a la mujer de su vida con quien quería pasar el resto de sus días, “Doña Cecy”. Se conocieron cuando ella tenia sólo 15 años y el 17, él pasaba a diario frente a su casa para verla saltar la cuerda junto a sus amigas, un día se armó de valor y fue a hablar con ella, tiempo después se hicieron novios y  en unos meses sus papás ya habían arreglado la boda, ellos un poco desconfiados y asustados se negaron y la pospusieron tanto como pudieron, aunque al final eso terminó siendo una fiesta de tres días de mole.
El matrimonio Pérez Ríos tuvo 8 hijos, al principio todo era muy fácil los niños crecían y no necesitaban tantas cosas y con el sueldo de Don José era suficiente, sin embargo, cuando comenzaron a entrar a las preparatorias y Universidades las cosas se pusieron difíciles y Don José tuvo que tomar una decisión que le llevó semanas enteras pensándolo día y noche, hasta que por fin lo decidió se iría  a Estados Unidos de indocumentado, allá tenia familia y uno de sus sobrinos le ayudaría a pagar el “coyote” .
Sabiendo que dejaría a sus hijos a su esposa, que extrañaría su país, su lengua, su cultura, su comida, metió en una pequeña maleta artículos personales y una tarde de mayo de 1988 salió de su casa regañando a su esposa porque comenzaba a llorar y de esta manera él creía que su esposa se alegría de que se fuera, porque así no le volvería a alzar la voz.
“Nunca me voy a perdonar, la manera en la que le grité y regañé, pero yo quería que se olvidara de mi ahora que me iba y que me odiara, para que así no le doliera mi partida” dice Don José, cuando habla sobre su último día en Puebla.

Una semana después de dos intentos por fin pudo llegar a Nueva York ahí lo esperaban sus primos, sobrinos,  y a pesar estar en familia, nunca se pudo sacar de la mente a su esposa e hijos. “Durante un año lloré todos los días, pensando en los míos y que yo no estaba ahí en un viaje placentero, que no tenia fecha definida para regresar, pero sólo de esa manera me sequé por dentro, vaciándome completamente me acoplé a este  proceso diferente, arrancándome tripas, alma y corazón, quedando seco por dentro “.
Don José sabia cual era su objetivo: una mejor vida para los suyos, sin él, pero al final una mejor vida.
A pesar de que su familia siempre fue su principal motor para estar en Estados Unidos, la carne fue débil y necesitaba sentirse querido por algunas nuevas chicas, así que tuvo algunas relaciones esporádicas con algunas americana y una indonesia, sin embargo, nunca pasaron de ser “de manita sudada” porque él tenía un compromiso en su país.

Trabajó en muchos restaurantes dentro y fuera de NY,  ahí conoció a personas de diferentes nacionalidades, incluso aprendió algunas palabras en mandarín cuando trabajó en restaurantes chinos. Pero si de algo puede estar seguro es que la solidaridad entre latinos es nula, es una eterna competencia por conseguir trabajo, todos hace lo posible por hacerte caer. Eso sí jamás fue discriminado por nadie mientras vivió en EUA.
A los cinco años de haber llegado falleció su madre, un día decidió llamar a su casa, sentía que algo malo pasaba en México,  creyó que su esposa estaba enferma y cuando marcó, se enteró que su madre estaba siendo velada. Desde tan lejos no podía hacer nada, más que llorar.
Fue así como comenzó a valorar más y más lo que había dejado atrás, el tiempo con su esposa, sus hijos pero también adquirió un nuevo aprendizaje sobre la vida, convivió con gente diferente, tuvo la oportunidad de sentirse orgulloso de su país estando tan lejos de él.
“Cada vez que yo escuchaba un mariachi o cielito lindo en mi estancia en EUA corría hacia donde estaban, quería sentirme cerca de mi gente, me daba gusto encontrarme con mexicanos, alguna vez llegó al restaurante donde yo trabajaba Lola la trailera, estaba ahí dando un espectáculo y me acerqué a saludarla, me sentía bien que los mexicanos fuéramos tan queridos en otro país.”
A pesar de todas experiencias y nuevo aprendizaje, en 2008 decidió regresarse a México, con su familia, ya estaba muy cansado y harto de estar lejos, de conocer a tanta gente y no sentirse parte de ellos.

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